jueves, 17 de enero de 2008

Érase un barbero



De vez en cuando, cada mes y una semana más o menos, toca cortarse el pelo. Como con la confesión, uno se da cuenta que debe pasarse por la peluquería cuando los cabellos ya no se dejan peinar cómodamente o cuando la mata del pelo propio abulta tanto que parece que la gente quiere pararnos por la calle y decirnos: “qué, habrá que cortarse el pelo...”. Igualmente, como con la confesión, de seguida uno se olvida que es uno de estos pequeños placeres mas no por eso frecuentes el sentarse durante un cuarto de hora y dejarse quitar peso por unas manos expertas, hábiles y a la par suaves. Que es un placer salir a la calle sintiendo de nuevo la brisa en la frente. Sentir este ánimo nuevo para volver a comenzar. Hasta que uno vuelve.

Lo anterior viene a colación de mi corte de pelo de hoy. Hacía ya algún día que me lo estaba planteando pero como siempre lo iba aplazando hasta que esta tarde he entrado en la barbería de Lagasca. Es algo más cara que otras de su clase, pero queda cerca del trabajo. Además, si se ha sido bien tratado, el dinero pasa a un segundo lugar. En cualquier caso, hoy miércoles – mitad de semana - es uno de esos días donde el cansancio se hace sentir pero el cuerpo no se permite bajar la guardia al menos hasta que no llegue el fin de semana. Por lo tanto, dentro del frenetismo de las penúltimas horas del día y dispuesto a proseguir la brega, me he sentado en la silla del salón como quien se quiere dar una tregua de 15 minutos, cerrando los ojos y dejando hacer...

Por coincidencia me ha vuelto a pelar el mismo barbero que la primera vez. Cuando he levantado la vista para comprobar la hora que marcaba el reloj colgado de la pared al lado del espejo, he constado que no iba a llegar a misa de 19:30 a la parroquia del Santísimo Cristo de la Salud. Aunque había visto una estampa medio escondida entre los utensilios del barbero, no estaba seguro si el barbero me podría ayudar. Con todo, le he preguntado: “¿sabe Vd. Si hay misa de 20:00 en los Carmelitas de Ayala?”. El barbero – ahora me doy cuenta que en mi ensimismamiento no me he interesado por su nombre – me ha contestado que sí. Así, hemos empezado a conversar mientras el procedía con su cometido. Y me ha sorprendido. Es una persona mayor, casi llegando a la edad de la jubilación con sus treinta años en la misma peluquería. Pero no vive en el barrio Salamanca sino en Villaverde. Cada mañana sale de casa a las 7 de la mañana para poder abrir el salón, no sin asistir a la misa de 8 de la mañana en la antedicha iglesia de los carmelitas de Ayala. La peluquería cierra a las 20:00. Hasta aquí, nada extraordinario tal y como se encuentra el mundo laboral de nuestra querida España social y democrática de Derecho. Lo extravagante es que este barbero aprovecha sus horas libres de la comida (de 14:00 a 16:00) para dar media vuelta y volver a casa a comer, donde le espera su esposa. Entre ir y volver – siempre usando el acogedor transporte público de Madrid – se le deben ir hora y tres cuartos. Haciendo cálculos sencillos resulta que sólo le queda un cuarto de hora para comer. Sin embargo ¡qué delicadeza! Nuestro barbero, que podría quedarse comiendo de menú en el bar de la esquina y sorbiendo un aromático carajillo para descansar del ciertamente cansino trabajo, se imbuye cada mediodía en los subterráneos urbanos para darle un beso a su mujer y agradecerle una vez más por la comida casera preparada con el mayor cariño. Él sabe que la mujer, ama de casa de toda la vida, se ha venido peleando con los hijos, la casa y otras ocupaciones desde buena mañana y desde hace más de treinta años. Él sabe que por la tarde, la abnegada mujer seguirá lidiando con sus otras cabezas. Él sabe que ella le estará esperando. Y él sabe que no tiene derecho a no demostrarle que la quiere aunque sólo sea desayunándose juntos esta comida. Pero para él ello no constituye una molesta obligación, no se trata de un mero protocolo, una costumbre o una cortesía más o menos inculturizada; antes al contrario, él lo sabe bien: para él es el mayor de los derechos poder amar a esa mujer (no sé porqué pero me la imagino entrada en carnes y gastada por el cansancio y por los hijos) y no a otra. ¡Así se sostienen las familias! Y nuestro barbero no tiene ninguna apariencia de apocado, resentido. ¡Él simplemente es feliz haciendo feliz a su mujer!

Ahora me acuerdo que la primera vez que me atendió este santo varón, yo llegué cuando ya estaban prácticamente cerrando, faltaban dos minutos para las dos. El barbero me sentó con una sonrisa y – sin pausa pero sin prisa – me consiguió uno de mis mejores cortes. Eran las dos y cuarto pasadas cuando salí de la peluquería. En ningún momento el señor barbero me hizo alusión alguna que en cuanto termináramos él iba a subir corriendo a Nuñez de Balboa para coger el metro de casa...

Por todo esto, gracias, barbero, por este testimonio.

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