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La felicidad, fuente de la verdadera y permanente alegría, fundamenta por consiguiente toda una ética. De ahí que la moral persiga la felicidad, la felicidad máxima. Así, “τέλειον δή τι φαίνεται και αϋταρκες ή εύδαιμονία, τών πρακών οΰσα τέλος” (Cf. Eth. Nic. 1,5 (1097b (20)). Una felicidad que jamás podrá ser meramente individual, egoísta, dado que “έπειδή φύσει πολιτικόν ό άνθρωπος” (Ibíd., 1,5 (1097b (10)).
La felicidad máxima natural, aventura Aristóteles, daría paso a la felicidad suma, la felicidad en Dios, la participación en la vida divina, contemplación que se alcanza comenzando por la práctica de la virtud – objeto de la ética y medio para alcanzar la felicidad natural. No obstante, intuye el Filósofo, esta Felicidad no es en ningún caso algo que el hombre pueda obtener por sí mismo y con sus propios fines: “τήν εύδαιμονίαν θεόσδοτον είναι, καί μάλιστα τών άνθρωπίνων όσω βέλιτιστον”(Ibíd., 1,10 (1099b (10)).[1] Se abre aquí todo el horizonte de la salvación, de la gracia y de la identificación de la felicidad con la santidad, esto es, la divinización del hombre (el sentido de la inmortalidad) así como de la unión del hombre con su Creador por y en el amor. La vuelta al Padre.
El reconocimiento de la gracia – el agradecimiento – es la iniciación a la vida interior. Así nace, naturalmente, lo religioso de cualquier sociedad, más allá de las preguntas por la vida y por la muerte o por el sentido del hombre y de la existencia, que también.
Por ello, se puede concluir, que la felicidad, con independencia de la percepción subjetiva, es algo dado, objetivo, la actualización de la potencia y, en cuanto tal, una realidad para el que la goza, puesto que se goza de un bien.
De vuelta a la física, hoy he tenido unas cuantas alegrías, sobretodo ligadas a la Eucaristía. Hoy es la Candelaria y hace 17 años hice mi primera comunión, esto es, recibí a Cristo en la Eucaristía. Entre otros amigos, he tenido la dicha de encontrar por primera vez desde su ordenación sacerdotal a mi amigo hispano-norteamericano, Paul. Y por primera vez he podido participar en una Eucaristía celebrada por él (in persona Christi). Impresiona: Paul es un año más joven que yo y está lanzado plenamente al servicio de Cristo sin complejos. Otra alegría ha sido la recepción de una carta del párroco de mi querido pueblo. Además, una amiga cumple años.
Las alegrías se entrelazan igualmente con tristezas. Amigos que se distancian, grupos que se hunden, familias que se separan, hermanos que se incomprenden.
Todo ello – los gozos y las penas – me deben recordar que el unum necessarium es Dios. Cuando estoy alegre es gracias a Dios. Cuando sufro y estoy triste compruebo más si cabe que necesito a Dios. Así de simple. Obviamente, puesto que valorando el bien y mal, el primero es siempre entitativamente mayor, es más fuerte... Por lo tanto, la felicidad no disminuye. La felicidad no tiene límites. ¡Desgraciado quien ha renunciado a la Felicidad contentándose con simples alegrías!
Que nos sirvan, en el interín como alegría de camino hacia la plena felicidad, unos versos del Purgatorio XXXI (127-132):
“Mentre che piena di stupore e lieta
l’anima mia gustava di quel cibo
che, saziando di sé, di sé asseta,
sé dimostrando di più alto tribo
ne li atti, l’altre tre si fero avanti,
danzando al loro angelico caribo”.
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